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Cultivar el lado luminoso de nuestros hijos es un desafío para quienes fuimos criados por padres de otras generaciones.

Por: Vanesa Coronel.

Los padres queremos que nuestros hijos sean respetuosos, responsables, buenos amigos, honestos y generosos. En pocas palabras, ¡que sean buenas personas!

Para la generación de mis padres esto implicaba hacer desaparecer nuestros malos pensamientos, deseos o sentimientos (“Prestale, no seas mala”, o “¿Cómo no vas a querer ir a almorzar a la casa de tus abuelos?”). Muchas veces teníamos que esconderlos, negarlos y nos educaban para que erradicáramos de nuestro mundo interno esos “malos” deseos, pensamientos o sentimientos e instaláramos en su lugar valores y virtudes (así llamamos a nuestros valores morales encarnados cuando se transforman en acciones). Lo lográbamos, pero a costa de nuestra autoestima, ya que allá adentro, escondidos, estaban ciertos rasgos de nuestra personalidad que no nos animábamos a mostrar por miedo a perder el amor de nuestros padres.

Muchos años atrás, Carl Jung nos explicó que los seres humanos tenemos una “sombra” y llamó así a la parte oscura de nuestra persona que preferiríamos no tener, que no les gustaba a nuestros padres, o que no nos gustaba a nosotros. Desde chicos aprendimos a no aceptar nuestra sombra y/o a esconderla del mundo ahí afuera.

Al nacer, los bebés son sombra pura; solo pueden pedir y recibir, no pueden ser generosos, respetuosos ni esperar su turno. Podríamos verlos “defectuosos” en un sentido poco habitual, como “ausencia de las cualidades que debe tener una cosa (o persona)”. A partir de allí podemos concebir la educación en valores de un modo distinto: de la mano de padres que aman y cuidan es que los niños pueden hacer crecer su lado luminoso para transformarse en personitas que tienen valores y viven de acuerdo con ellos.

Los valores aparecen en los niños por un proceso de llenado: los padres los quieren y comparten con ellos su vida y su tiempo, y con el alma plena de tanta entrega de papá y mamá, van aprendiendo a amar y a compartir. A eso se suma el ejemplo de sus padres (lo que los chicos los ven hacer) y así surgen en ellos los valores desde la autenticidad y el verdadero self, y no desde la sobreadaptación, las ganas de agradar y de que los quieran.

“Podemos concebir la educación en valores de un modo distinto: de la mano de padres que aman y cuidan es que los niños pueden hacer crecer su lado luminoso para transformarse en personitas que tienen valores y viven de acuerdo con ellos”.

De tanto ser queridos, aprenden a querer; de tanto ser besados, a besar, y de nuestra responsabilidad, mesura, veracidad, fidelidad, compromiso, respeto y confianza, van brotando en los chicos esos mismos rasgos a medida que crecen.

Esto no significa dejarlos hacer lo que quieran, y muchas veces tendremos que poner límites cuando no tomen la buena decisión, aquella que concuerda con los valores que les transmitimos. Para poner un ejemplo: si los primos de Mariana (5) vienen a jugar, invitemos a que preste sus juguetes (“En la casa de tus primos, jugás con los de ellos. ¿Cuáles te parece que usemos cuando vengan?”), y si se resiste a hacerlo, le pedimos que guarde aquello que no quiere compartir y le explicamos que ella tampoco va a poder jugar entonces con esos objetos. Resulta una fórmula eficaz para que guarde solo uno o dos juguetes y decida compartir el resto

Ahora, eso sí, antes de compartir un juguete, los chicos tienen que estar seguros de que lo poseen del mismo modo que, antes de poder compartir a mamá, tenían que sentirla propia el tiempo suficiente. Confiemos en nuestro amor y nuestro modelo que, sumados al crecimiento y la maduración, les permitirán desplegar muchos de los valores y virtudes que nos gustaría que aprendan.

Fuente: ​http://www.sophiaonline.com.ar/columnistas/ser-buena-gente-ese-valor/

  • Vanesa Coronel
    en Comunicación Social
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