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Julieta Fattori trabaja como maestra carcelaria en la Unidad Penal de calle Las Palmeras.

Hay historias que dan gusto escucharlas, preguntarlas, mirarlas y escribirlas. Historias dignas de ser contadas. Narraciones que te hacen descubrir nuevos mundos, sensaciones nunca antes experimentadas, pero que se vuelven tan cotidianas para los que las cuentan, que hasta parecen agradables. Eso las hacen especiales: poder llegar a los sentimientos más profundos, y tener la posibilidad de contarlo.

Las cárceles tienen sus propias reglas, distintas a la realidad que se vive afuera, acá afuera. Son sitios desconocidos para la mayoría de las personas, llenos de prejuicios, de tabúes, donde la marginalidad y el encierro calan hondo. Lejos de buscar explicaciones, de justificar o de condenar, hay personas que intentan cambiar esta realidad.

Julieta Fattori es perecina y trabaja como maestra carcelaria en la Unidad Penal Nº 16, de calle Las Palmeras. Justamente, el ingreso a la misma fue el lugar donde portalperez.com pudo dialogar y, en cierta forma, pretender realizar nuestro humilde homenaje a los Maestros, en su día.

¿Cómo te sentís al trabajar en un contexto de encierro?

En un principio, me fue muy difícil trabajar acá, porque tuve que tomar una decisión importante, era trasladarme o renunciar a un cargo que había conseguido titularizar después de muchos años. Una vez que entré, empecé a notar los sonidos, los olores, el ruido de las llaves, de las puertas, trabajar sin cámaras, sin botón de pánico, sin custodia. El contacto directo con los internos. Las edades van desde los 20 años en adelante, y les doy clases de todas las áreas para que puedan terminar la Primaria, como Matemática, Lengua, Ciencias Sociales, Naturales, y también se realizan capacitaciones laborales. Tengo alumnos de 2º y 3º nivel, de hecho hoy (por el viernes) egresa un alumno del tercer nivel, que terminó 7º grado y le vamos a hacer entrega de una medalla y un diploma.

¿Las clases también son un escape para los chicos?

Si, ellos lo dicen siempre. Nosotros por reglamento no podemos preguntar por qué están acá, pero ellos te cuentan su historia de vida. Necesitan hacerlo. Lo que yo me llevo todos los días de acá es muy fuerte y doloroso a la vez. Entiendo que ellos están acá porque cometieron un error, pero no soy quién para juzgarlos y trato que me escuchen lo poco que les puedo decir o ayudar, y cuando salgan que puedan reinsertarse en la sociedad. Algunos lo harán, otros no. Al menos lo intento.

¿Cambió esa perspectiva, esa mirada sobre la cárcel, desde que entraste hasta hoy?

Muchísimo. Después de un tiempo asumí el rol que me correspondía: soy la maestra y ellos mis alumnos. Ahí dejaron de ser los internos del Pabellón 1 o del Pabellón 4. Comprendí que el docente carcelario tiene un 80% de trabajo social, de escucha, de “psicólogo”, si se quiere. Y los internos valoran mucho nuestro trabajo. Yo me siento cuidada, si algún alumno se quiere pasar de la raya, ellos mismos lo frenan. A la maestra la respetan. Todos los días me dicen “seño, vos venís siempre sonriente, nunca te pasa nada” y a lo mejor algún día estoy “hecha pelota”, pero no se los demuestro. Y también nos dicen, por ejemplo, “seño, vos no estás presa y te venís todos los días acá adentro con nosotros”. Por eso lo valoran.

Profesionalmente, ¿cambió en algo tu concepto sobre los Maestros?

Estoy llegando a los 21 años de antigüedad como docente, y esto me ayuda a crecer un montón, profesionalmente y como persona. Esto te abre la cabeza. Acá estoy creciendo todos los días. Lo tomé como un desafío personal, fui en contra de los prejuicios, que son muchos. Un amigo me ayudó, me decía “Dale para adelante, lo que haces es hermoso, después de esto se viene algo más grande”, y me convencí de que así debía ser.

¿Qué le podés decir tus colegas o a la población en general, sobre traspasar estas barreras?

Que es una linda experiencia y que te ayuda a crecer muchísimo. A mí nunca se me había pasado por la cabeza ser maestra carcelaria, no estaba en mis planes, pero se dio así. Yo les digo siempre a mis alumnos que vengo a enseñarles, pero ellos me enseñan mucho más a mí. Escuchar sus historias de vida y pensar “¿y yo me quejo por esto?”. También hay que ver cómo lo cuentan, está claro que yo escucho la campana de ellos; y reitero, sabiendo que están acá porque cometieron errores en su vida. Por eso, creo que la gente que opina sobre nuestro trabajo, primero debe pasar por esta experiencia y luego opinar. Eso lo siento de corazón.