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Es necesario volver a colocar el amor y los afectos en el lugar de importancia del que nunca debieron haberse corrido.

Por: Vanesa Coronel.

Dice Isabel Allende en su libro “Amor” que si Romeo y Julieta se hubieran casado, Romeo estaría vendiendo sonetos por las calles de Verona, Julieta estaría gorda y aburrida criando chiquillos y en el célebre balcón habría ropa secándose al sol.

Sin embargo, sugiere Isabel, cabe la posibilidad de que, de tanto en tanto, encontraran aquel fuego que los enamoró en la adolescencia y fueran una pareja feliz. Esa hubiera sido una historia realmente original.

Eso me dio pie para pensar en las grandes parejas trágicas de la humanidad y del cine, esos amores con los que soñamos.

¿Qué hubiera pasado con ellos, casados, 20 años después? ¿Los amantes del Titanic se habrían casado a pesar de sus diferencias sociales? Ella estaría desilusionada de ese hombre rústico y sin trabajo?

Ingrid Bergman casada con Humphrey Bogart después de Casablanca, ¿estaría harta de ser una fumadora pasiva y concurriría a grupos de familiares de alcohólicos?

Nos conmueven las tragedias, las leyendas fatales de amores prohibidos como Tristán e Isolda, o Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez.

Es así, el amor ideal está plagado de mitos y tragedias. El amor de la pasión, el de la locura obsesiva, el que nos hace perder la cabeza, aunque suene antipático decirlo, es el amor atado a la desdicha, a la ausencia, a la falta.

El amor cotidiano, el real, el amor posible, no escribe historias ni llega al cine.

Nos transmitieron una falacia, un cuento de hadas que no nos hizo nada bien. En el camino se nos perdió la varita y ya no hubo magia. La carroza se transformó en calabaza y no hubo sapos transformados en príncipes por el efecto de un beso.

Nuestra casa dejó de ser un castillo y nadie vino a rescatarnos.

Nadie nos dijo que la vida empieza justo donde terminan los cuentos de hadas. Y nos desilusionamos. Y descreímos. Nos dijeron que era para toda la vida y ahora nos venimos a enterar que la química del amor dura 6 meses. ¿Y adónde vamos a ir a reclamar por la garantía?

Nos dijeron que era instantáneo, a primera vista, un flechazo, un golpe de suerte y ahora resulta que hay que ir a buscarlo a match.com y además, trabajar arduo para lograrlo.

Nos dijeron que si había amor siempre iba a haber deseo sexual. Y resulta que “nos duele la cabeza”, “tenemos sueño” o “estamos cansados” Y aparecieron el Viagra, los sexólogos y los consejos en las revistas femeninas.

Ese amor que nos enamora, que nos hace soñar y que nos hace aletear mariposas dura poco.

Y ahora sí vamos a agregar: por suerte.

Porque esta no es una mala noticia para los amantes. El deseo de la pasión tiene que ver con lo que no tengo. No puedo desear lo que tengo. El amor enloquecido nos vuelve locos, el amor exaltado puede llevar a la tragedia, el amor obstinado, no correspondido, sufriente, nos lleva al peor de los dolores.

Es el amor del que desea poseer y que cuando cree que posee teme perder. Y con eso no se puede vivir.

Existe otra clase de amor.

Un amor posible.

Un amor diferente donde me puedo alegrar por lo que tengo sin la incertidumbre de saber si el otro estará allí cuando despierte.

Es el amor de la alegría que te provoca cuando sentís que el otro pone la llave en tu puerta, cuando la rutina tiene olor a tostadas, cuando la ternura sabe a leche tibia.

Porque no hay carrozas, ni príncipes, ni hadas, ni besos que te despiertan de un largo sueño ni zapatitos de cristal. Porque si los hubiera, tendríamos la sensación de que nos perdimos de algo en la vida y estaríamos diciendo: a mí no me tocó.

Y el amor no es algo que te toca o no te toca, se construye.

Lleva tiempo de cocción.

Después de tantos años de ver y de escuchar a pacientes hablar sobre los problemas de pareja me puse a reflexionar: ¿Y qué tienen las parejas que funcionan bien? ¿Qué los hace diferentes?:

Tienen verdad, son auténticas.

Son parejas donde no hay simulacros ni imposturas. Cada uno muestra al otro quién es, sin temor a ser juzgado, ni criticado, ni invadido, ni sometido ni controlado.

Se sienten libres.

Están tranquilos, cómodos, sin maquillaje.

Muestran su vulnerabilidad al otro con la confianza de que no serán lastimados. Aprenden a renunciar a algunas cosas aunque al principio les cueste.

Tratan de negociar y ceder, a veces con fastidio, pero hacen el esfuerzo.

Son flexibles y generosos. No mezquinan la ternura. Saben decir “gracias”.

Se cuidan, se protegen, se divierten, se escuchan.

Otras veces no se escuchan, pero saben decir “disculpáme”.

También se enojan, discuten, a veces fuerte, pero saben decir “tenés razón, me equivoqué”. Hay días que se aburren. Se hacen regalos, se dicen cosas lindas, a veces no se dicen nada, se admiran, se respetan.

Saben que la historia y el paso del tiempo tienen valor.

Que les costó trabajo construir lo que tienen y llegar hasta acá y cuando pierden fuerzas, lo recuerdan.

Saben que la fidelidad no es gratis, y que hay que trabajarla porque existen miles de oportunidades, pero decidieron elegir. Y si alguno rompió el acuerdo, y consideran que aún quieren dar batalla y volver a elegirse, se sientan, conversan, gritan, lloran. Pero se siguen eligiendo.

Desean el bien del otro. Si hacen algo o dicen algo que daña, tratan de reparar. El dolor del otro es un límite que nunca sobrepasan.

No culpan a los demás de lo que les pasa en la vida. Se hacen responsables. No se victimizan, y cuando lo hacen salen rápido. Se sienten protagonistas de sus vidas y no sienten que les tocó un rol de reparto.

Saben que no van a tener la pasión del inicio, pero que este erotismo es más profundo y más sincero. Cuando todo esto sucede nuestra comunicación cambia, nuestra intimidad emocional cambia.

Por último: el amor es un impulso motivador. Es la vida. Es Eros. Y si amamos la vida hay felicidad.

Hablo del amor y no solo de la pareja: también existe el amor al arte, a la ciencia, a los amigos, a Dios, al prójimo, a la naturaleza.

Si hubiera que describir un remedio que no se vende en farmacias, que está al alcance de todos, que no tiene contraindicaciones, que no tiene efectos colaterales, que es relativamente económico y que hace por nuestra salud mucho más que cualquier otro, ese es el buen amor.

Porque, como decían los 4 genios de Liverpool: todo lo que necesitamos es amor.

Lic. Patricia Faur, Licenciada en Psicología, UBA.

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